sábado, 29 de noviembre de 2008

HOLA GENTE LIINDAAA!!! AQUÍ LES DEJO EL PRIMER CUENTO QUE ESCRIBÍ. ¡¡¡QUE LO DISFRUTEN!!!!
NO SE OLVIDEN... LA VIDA ES CORTA ¡¡¡¡¡DISFRUTEN!!!
LOS QUIERO UN MONTÓN
Las sandías

El abuelo tomó el machete y de un solo tajo partió la sandía a la mitad. Los ojos del niño parecían dos lunas llenas y su boca mostraba la ansiedad contenida por la colorada pulpa. Estaba a punto de hundir la mano en el corazón mismo de la fruta, cuando un dedo admonitorio lo paró en seco. Cuando el abuelo decía que no nadie osaba contradecirlo. Sujetó las manos al borde de la mesa, parecía un perrito a la espera del hueso. El anciano cortó un trozo generoso, lo colocó en un plato de lata todo abollado y se lo extendió.- Al patio – ordenó. El niño hubiera ido a la luna si con ello le daban permiso de engullirse su sandía.No era falta de alimento, no. Era una locura enfermiza por la fruta. En el verano, cada vez que el abuelo regresaba de alguna obra, el niño salía disparado a su encuentro buscando con la vista el preciado regalo. ¡Qué fiesta cuando la veía! Saltaba alrededor de la destartalada bicicleta a tal punto que en más de una ocasión provocó la caída del abuelo.
Esa tarde la ansiedad era tanta porque hacía mucho que el abuelo no le traía una sandía. Había traído melones, peras, duraznos, pero ninguna sandía.- Están verdes – decía – No son buenas. Hay que esperar – y si el abuelo decía que estaban verdes, nadie lo discutía. Lo que el niño desconocía era que su abuelo se tomaba mucho tiempo buscando la sandía que fuera merecedora del apetito de su nieto, y no la había encontrado, hasta ese día.
Tomó aire, tiró la cabeza hacia atrás y escupió la última semilla. Miró con detenimiento y una sonrisa de satisfacción le llenó el rostro: había llegado al otro lado del pequeño sendero que lindaba con la casa.- Dentro de poco tendrás tus propias sandías si sigues escupiendo las semilla – profetizó el abuelo- ¿De veras? ¿Crecerán sandías en el caminito? – el abuelo movió ligeramente la cabeza y el niño salió disparado hacia la cocina llamando a su madre a gritos para informarle de su nueva adquisición. La mujer salió secándose las manos en un delantal casi transparente de viejo.- Papá ¿por qué le miente así? Usted sabe muy bien que eso no es verdad – luego se dio vuelta y desmintió al abuelo frente al niño- ¡No! ¡Es verdad! ¡El abuelo dijo que crecerían! – y antes que nadie diga más, salió corriendo al patio del fondo. El abuelo sonrió y la mujer se metió adentro de nuevo renegando de su padre, de su hijo y del mundo, por si acaso.
En el gallinero, ahora ganado por las ratas, el niño había visto una lata. Revisó cada pedazo de cajón, revolvió los restos de paja hasta que por fin la encontró: era una herrumbrada lata de dulce de batata. Feliz como si hubiera encontrado un tesoro, volvió junto a sus amadas semillas, las frotó, una por una, contra su cuerpo para sacarles la tierra pegada, las puso en la lata y se las llevó al abuelo- ¿Cuántas salen? – el abuelo puso cara de sabio entendedor, se acomodó los lentes sobre la punta de la nariz y, con estudiada lentitud, las examinó una por una.- Unas diez – sentenció y creyó que sería bueno que el nieto supiera algo más de lo que estaba por cultivar, así es que continuó - Las sandías vienen del África tropical y se cultivan desde hace más de 4.000 años. Hay varias clases: reina, Fabiola, bebé de azúcar y panomia. Creo que estas son fabiolas – las miró más de cerca y confirmó su clasificación.
El niño estaba absorto, adherido a cada una de las palabras; para él su abuelo era el delegado de Dios. Nada ni nadie lo disuadiría de lo contrario, además, la primera vez que la mamá lo llevó a la iglesia había visto un retrato de Dios que era exacto a su abuelo: ambos tenían el pecho enorme, brazos y piernas fuertes, gesto adusto, cabellera blanca ondulada, manos generosas y esa cosa de sabio en la mirada. Volvió a mirarlo con adoración. Sí, no cabía duda: su abuelo era el representante de Dios ¿cómo podía dudar de su sabiduría? Con esa conclusión en mente empezó su huerta de sandías.
Todas las tardes, al regreso de la escuela, corría al patio del fondo a ocuparse de sus sandías. Las regaba, sacaba los yuyos que luchaban por ahogar la buena semilla, les hablaba porque en la escuela la maestra Elena había dicho que las plantas crecen más lindas y fuertes si se les habla y él quería unas hermosas y grandotas sandías, así que les hablaba hasta que las ratas salían de sus agujeros solo para ver si se callaba. El abuelo, tirado en su catre de lona debajo de los paraísos, seguía el proceso con un placer silencioso.- Ponele alambrado – mandó el abuelo – Así, el que vea sepa que la tierra, y lo que hay ahí, es tuyo – Esta fue la primer lección de capitalismo puro que recibió el niño. Otras vendrían después junto con los coscorrones del maestro Octavio, pero ninguna calaría tan hondo en su alma como aquella dictada por su abuelo.
Los días pasaban y la ansiedad del niño crecía como el polvaredal levantado por el viento norte.- ¿Cómo voy a saber cuándo tendré sandías? – encaró una tarde a su abuelo– Cuando veas una punta verde asomando donde plantaste tus semillas – fue la respuesta. Así que entre riego, desyuyada y charla, el niño espiaba buscando ese primer brote. La madre también miraba, pero su escepticismo no le permitía disfrutar el espectáculo del pequeño y sus sandías. Miró a su padre y, con un dedo de verdugo, dictaminó – Usted lo va a consolar cuando vea que no pasa nada – Pero, el abuelo sonrió como si supiera algo que nadie más.
El viento norte venía aflojando hacía varios días. Ya no levantaba polvaredas de cuatro o cinco metros como en pleno diciembre y las sandías no asomaban ni la nariz. El entusiasmo del pequeño iba decayendo igual que la fuerza del viento. Ese día apenas si les había prestado atención sentado en el piso de tierra, la cara apoyada en las manos y la mirada pedida casi como la esperanza.- No aflojes, te pasaste casi todo el verano trabajando tu tierra, no la dejes ahora cuando está por dar frutos – aconsejó el abuelo mientras que con las cejas le indicaba al niño que viera, él entendió la señal, giró la cabeza y …¡allí estaba, el primer brote!- ¡Mamá, mamá, tengo sandías, tengo sandías! – gritó enloquecido. La madre salió porque no entendía. Miró a su padre buscando una respuesta pero solo encontró esa sonrisa de sabio, de abuelo que no entra en sus calzones de orgulloso. El niño la tomó de la mano y a fuerza de tirones la llevó hasta el lugar del milagro. Era cierto, allí estaba un brotecito verde y debilucho, pero brote al fin. La vida del niño giró entorno a ese brote que fue creciendo y enroscándose como víbora, cada novedad era una fiesta, cada hoja nueva todo un acontecimiento. Hasta la madre permitió que el entusiasmo la contagie. Entonces asomó una pelotita verde oscuro que fue creciendo a la par del asombro del niño. Y llegó el gran día: la cosecha. Todas las tareas de la casa se pararon, el abuelo dejó su catre bajo el paraíso y la madre colgó su delantal. No hubo ni habrá funcionario público ni cura ni político que imponga mayor solemnidad a una ceremonia como la que impuso el niño para cosechar su sandía. No era grande ni pequeña, tenía la medida exacta de los brazos del pequeño, la colocó sobre la mesa de madera sin tratar, la misma que su madre usaba para matar gallinas (cuando había), tomó el machete y se lo dio al abuelo – No, m’ hijo, esta le toca a usted – el niño lo miró y la sonrisa le llenó los ojos, tomó el machete y cortó su primer sandía, el corazón rojo como la sangre se le mostró sin tapujos. Iba a tomar un trozo cuando recordó, miró a su abuelo y vio como lo autorizaba con una enorme sonrisa. Tomó el trozo pero en lugar de engullírselo, se lo ofreció, el abuelo probó el pedazo de sandía– La más dulce y suave de las que he probado en mi vida – dictaminó y en seguida invitó a su hija a que comprobara que no mentía. Miró a su nieto y el niño vio algo nuevo en los ojos del abuelo, años después descubriría que era orgullo– Muy bien hecho, muy bien hecho – dijo el abuelo - ¿Sabes por qué es tan dulce? – el niño se encogió de hombros – Por el esfuerzo, la fe y el amor que pusiste en lo que hacías, pero sobre todo por la fe. Todo se puede si se tiene fe – enseñó el abuelo. Esa fue su primer, y más importante, lección de vida. Y el abuelo no necesitó buscar más la mejor sandía para su nieto.

viernes, 28 de noviembre de 2008

AGRADECIMIENTOS

GRACIAS NENE (HERMANO MÍO) Y GRACIAS MARTITA POR EL ALIENTO, LAS PALABRAS DE APOYO Y EL EMPUJE, PERO, SOBRE TODO, POR LA PACIENCIA QUE ME TIENEN. UN BESO PARA TODOS

¡¡¡AAAAHHHH!!!!! LA FOTITO DE MI PERFIL (NO ES UN PERFIL MÍO ¿EH?) ES UNA ESCULTURA DE MI HERMANO MENOR, SERGIO ENRIQUE. SE LLAMA "LA MATERIA DE MIS DUDAS" . BUENO, NO OS IMPACIENTEIS, YA SUBIRÉ PARTE DE MI MATERIAL. DENME TIEMPO ¡¡LOCOO!!! ME LLEVÓ MÁS DE TRES HORAS DESCUBRIR CÓMO ABRIR ESTA VENTANITA OTRA VEZ ¡¡¡¡CCCHHHHEEEEE!!!!!

LOS QUIERO MUCHÍSIMO.
MÓNICA

jueves, 27 de noviembre de 2008

primeras palabras

Bueno, les comento que estoy de los pelos mientras escribo esto. Creo que nunca he estado tan nerviosa, aunque ...pensándolo bien... sí, lo he estado la primera vez que mandé un email, cada vez que entro a un cuarto oscuro a emitir mi voto ( siento el peso de la tremenda responsabilidad que me toca), cuando me dijeron que mi primer bebé venía con complicaciones, el día de mi casamiento... ¡En fin! Soy una histérica total, pero lo que realmente me pone de la cabeza es el hecho de saber que lo que ponga acá lo podrá leer cualquiera. ¿Es o no un poco delirante eso? Ya que salió el tema, ¿Por qué el rincón del delirante ? Porque yo soy así y creo que todos tenemos nuestros momentos de delirio ¿no? Entonces... comparatmos un poco y pasémosla bien.
Me gusta mucho escribir poesías y cuentos. Más adelante voy a presentar algunos en este espacio para que ustedes me digan si voy bien o no.
Hasta la próxima, nos vemos
Mónica