miércoles, 17 de diciembre de 2008

MI PADRE Y UN …“TE QUIERO”

Corría el año 1940, yo tenía seis años y pronto empezaría la escuela primaria. El entusiasmo era tan alto y abrumador como el miedo: mi padre era el director y ya me había dejado muy en claro que no tendría privilegios. Ni siquiera tenía idea de qué era eso, pero ante el temor de ser reprendido, opté por no indagar demasiado. Si él lo había dicho, pues así sería.
El gran día llegó, y para mi desilusión mi padre hacía rato que estaba en la escuela, me tocaría caminar solo los tres kilómetros que separaban mi casa del edificio escolar. Bueno, en realidad iría acompañado de otros gurrumines y algunos energúmenos que se la daban de hermanos mayores responsables y sabihondos cuando en realidad lo único a lo que se dedicaban era a ver cuál de los pequeños lloraba primero y más fuerte. Con ese panorama, y considerando que mi padre no me había esperado, las ilusiones del primer día de escuela se evaporaron como la gota de sudor en pleno verano. A pesar de todo, y escuchando la voz de mi padre: “los hombres no lloran, levante la cabeza, límpiese los mocos y lávese la herida… o haga lo que le pidieron….o levante lo que se le cayó y siga,”, en fin, el final de la frase dependía de lo ocurrido, pero el comienzo era siempre igual, levanté la cabeza, me limpié los mocos con el dorso de la mano y oculté mis lágrimas en la manga del saco dominguero que mamá me mandó usar por ser primer día de escuela, luego, tomé el cuaderno con olor a fresco, la cartuchera que ella me había fabricado con un pantalón viejo de Francisco, mi hermano mayor, y lo até todo con mi soga vieja, la misma con la que solía enganchar mi carrito de cajón de verduras para pasear a Rigoberto el gato de mi abuela. Mamá me abrazó y me llenó de besos, recuerdo haber sentido desconcierto porque yo sabía que solo iba a la escuela y que a la tarde estaría de vuelta, pero ella me despedía como si no fuera a verme más. No podía comprender por qué cada despedida era un nuevo dolor para ella. Cuando fui padre y debí despedir a mi niño en la puerta de su primer grado comprendí el dolor de mi madre: los hijos empiezan a irse y nosotros solo podemos acompañarlos al andén y desearles buen viaje. (CONTINUARÁ)

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